En la calle se instaló una convicción brutal: el huachicol nunca se fue, el poder se encerró en Macuspana y el país paga hoy la herencia de un proyecto que, según la gente, perdió el control desde arriba.
La paciencia social se acabó. Ya no hay matices ni beneficios de la duda. En la conversación cotidiana, Morena dejó de ser una promesa fallida para convertirse, según la percepción popular, en el principal símbolo del desorden nacional. La gente no discute ideologías; discute realidades. Y la realidad que se repite una y otra vez es la misma: ductos perforados, explosiones, pérdidas, miedo. El huachicol se volvió la prueba viva de que el Estado no manda.
Para millones de personas, el problema no es que el huachicol exista, sino que siga existiendo después de que se prometió erradicarlo. Esa promesa rota es lo que encendió la furia social. “Nos dijeron que se había acabado y el país sigue lleno de tomas clandestinas”, repiten ciudadanos con enojo abierto. En esa contradicción nació una certeza demoledora: si el discurso decía una cosa y la realidad mostró otra, entonces alguien mintió o alguien perdió el control.
En ese ambiente explotó una de las expresiones más corrosivas del debate público: “el Cártel de Macuspana”. La gente la usa como un golpe verbal, no como acusación legal. Es la metáfora que eligieron para describir un poder que, según sienten, se encerró, se blindó y se desconectó del país real. Para la opinión pública, Morena gobierna desde un círculo reducido mientras el resto del territorio enfrenta violencia, saqueo y abandono. La frase pegó porque resume una sensación brutal: arriba se protegen, abajo se hunden.
La figura de AMLO aparece constantemente en este relato social como el origen de un estilo que, dicen muchos, confundió repetir mensajes con gobernar. El discurso de “todo está bajo control” se volvió, para la gente, una burla frente a un país perforado por el huachicol. “Si el país sangra gasolina, es porque nadie tapó la herida”, comentan con crudeza quienes viven cerca de ductos o zonas afectadas. Esa imagen ya no se borra.
En comunidades golpeadas por el huachicol, la percepción es aún más feroz. Ahí no hay debate político, hay miedo diario. Familias que viven con riesgo constante describen a la autoridad como inexistente. Y cuando el Estado desaparece, el lenguaje se vuelve extremo. Por eso surge la frase más dura de todas: “esto parece un narco gobierno”. No como sentencia judicial, sino como la forma desesperada de explicar una vida sin reglas, sin protección y sin control.
Lo verdaderamente devastador para Morena es que esta narrativa no la empuja la oposición. La empuja la calle. La cuentan personas comunes, incluso antiguos simpatizantes, que hoy hablan de traición y engaño. Para ellos, el huachicol es el símbolo del desorden, Macuspana es el símbolo del poder cerrado y la herencia política de AMLO es el punto donde, según sienten, el país empezó a desmoronarse.
México no necesita pruebas para sentir indignación.
Le basta con ver que las fugas siguen abiertas.
Y mientras sigan abiertas, el relato será implacable:
prometieron control… y entregaron gasolina derramada.
