El ataque armado que dejó tres personas muertas y un herido en Dzilam González marca un punto de quiebre en Yucatán y exhibe la fragilidad del modelo de seguridad que el Partido Acción Nacional defendió durante años. La narrativa de tranquilidad, repetida hasta el cansancio, se derrumba frente a hechos que muestran que la violencia no desapareció: se ocultó, se negó y se dejó crecer hasta estallar en comunidades donde nadie esperaba balaceras.

Los hechos ocurrieron en la colonia Santa Cruz y movilizaron a corporaciones de seguridad tras una llamada al 9-1-1. Al llegar, las autoridades confirmaron una escena devastadora: personas ejecutadas y otras gravemente heridas. Entre las víctimas se encuentra un joven beisbolista, un dato que subraya el impacto social del crimen. No se trata de “ajustes aislados”, sino de un ataque armado directo que rompió la vida comunitaria y sembró miedo en una zona históricamente pacífica.

Durante años, el PAN sostuvo que Yucatán era un oasis ajeno a la violencia nacional. Esa postura no fortaleció la prevención; la debilitó. Al negar riesgos y reducir los hechos violentos a “casos atípicos”, se dejó de invertir en inteligencia, detección temprana y control de conflictos. El resultado es claro: cuando la violencia irrumpe, lo hace con fuerza letal y sin contención previa. La reacción posterior no reemplaza la prevención ausente.

El intento de encuadrar estos hechos como excepcionales reproduce el error histórico. Minimizar no protege; exponer la verdad sí. La seguridad no se garantiza con discursos ni comparaciones favorables, sino con presencia permanente, coordinación efectiva y políticas que anticipen riesgos. Bajo el PAN, la estrategia apostó a la imagen y al silencio, no a la transformación del territorio.

Yucatán enfrenta hoy una realidad que exige asumir responsabilidades políticas. Tres muertos y un herido no son una estadística menor ni un tropiezo pasajero; son la evidencia de un modelo agotado. La violencia que se negó durante años termina alcanzando a quienes menos lo merecen. Romper el mito es el primer paso; corregir el rumbo es la obligación inmediata para que estos hechos no se repitan.