La línea entre educación y política partidista ha sido borrada sin pudor. El Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación fue exhibido como una estructura de afiliación masiva al servicio de Morena, colocando a sus agremiados como fuerza militante del partido oficial y utilizando el peso del gremio magisterial para inflar padrones políticos.
Las cifras revelan la magnitud del operativo. Un millón 250 mil maestros sindicalizados ya fueron afiliados también a Movimiento Regeneración Nacional, es decir, la mitad de los integrantes de todo el SNTE, un sindicato que agrupa a cerca de 2 millones 500 mil docentes. Lejos de tratarse de decisiones individuales, la colocación “en masa” apunta a una estrategia corporativa, organizada y dirigida desde las cúpulas.
El uso del sindicato como brazo político revive las prácticas más oscuras del viejo régimen que Morena juró erradicar. La diferencia es que ahora se hace bajo el discurso de la transformación. La educación pública deja de ser un espacio neutral para convertirse en territorio de control político, donde la afiliación partidista se normaliza como moneda de cambio.
Esta semana, Andrés Manuel López Beltrán informó que Morena entregó al Instituto Nacional Electoral 11 millones 50 mil 758 afiliaciones. La cifra, lejos de generar confianza, despierta sospechas sobre los métodos utilizados para inflar el padrón y el papel que han jugado sindicatos y estructuras dependientes del Estado.
El caso del SNTE confirma que Morena no construye militancia: la recluta desde el poder. Cuando un gobierno utiliza a los maestros y a la educación como instrumentos partidistas, no solo pervierte la democracia, también pone en riesgo la libertad de conciencia dentro de las aulas. La transformación educativa prometida terminó siendo un mecanismo de control político, con los maestros como botín electoral.
