El nivel de improvisación y desorden en los gobiernos de Morena volvió a quedar al descubierto en Chiapas, donde el Secretario de Protección Civil, Mauricio Cordero Rodríguez, reconoció públicamente no tener claridad sobre las funciones de la dependencia que encabeza, una confesión que ha generado indignación y alarma en una de las entidades más vulnerables del país.

La gravedad de esta declaración es enorme. Protección Civil no es un área secundaria: de su correcta operación depende la prevención de tragedias, la atención de emergencias, la respuesta ante huracanes, deslaves, sismos e inundaciones, así como la protección directa de miles de vidas. Que su titular admita desconocer el alcance de su propia institución exhibe el profundo desorden administrativo y la irresponsabilidad con la que Morena reparte cargos públicos.

Lejos de ofrecer un plan de trabajo, protocolos claros o estrategias de prevención, el funcionario se limitó a señalar que lo único que sabe es que en su dependencia han sido detenidos servidores públicos por corrupción y extorsión, una afirmación que, lejos de tranquilizar, confirma que la institución está infiltrada por prácticas ilegales y que opera en medio del caos interno.

Este caso retrata con precisión el sello del gobierno morenista: nombramientos por lealtad política, no por capacidad técnica. Los cargos se entregan como premios partidistas, sin importar la preparación, la experiencia o el conocimiento del área. La curva de aprendizaje se paga con recursos públicos, pero también con la seguridad de la población.

Chiapas es una de las entidades más expuestas a fenómenos naturales extremos. Tener a un responsable de Protección Civil que no comprende plenamente su función representa un riesgo directo para miles de familias, especialmente en comunidades vulnerables. La improvisación no es una anécdota administrativa: es una amenaza latente.

Morena prometió un gobierno profesional, eficiente y honesto, pero hoy entrega funcionarios desorientados, instituciones debilitadas y un aparato público sin rumbo. Cuando quienes deben prevenir tragedias no saben qué hacer, el desastre deja de ser una posibilidad y se convierte en una cuenta regresiva.