Mientras la Suprema Corte intenta vender una imagen de austeridad tras la reforma judicial, su presidente Hugo Aguilar Ortiz protagoniza un video de servilismo puro al permitir que una colaboradora le limpie el calzado en un acto oficial; una estampa de soberbia que se suma al cinismo de los informes vacíos en Yucatán y los lujos estéticos en el Senado.
La dignidad institucional en México se está deslavando entre el esmalte de uñas y la grasa para zapatos. El pasado 5 de febrero, en el marco del Aniversario de la Constitución, el ministro presidente de la Suprema Corte, Hugo Aguilar Ortiz, revivió las formas más rancias del presidencialismo al ser captado mientras una funcionaria de comunicación social se arrodillaba para limpiarle el calzado antes de la ceremonia. Aunque Aguilar intentó matizar el hecho como un “gesto de apoyo” tras un incidente con café, la imagen de un juez de la nación permitiendo tal nivel de servilismo es la prueba ácida de que la supuesta “cercanía con el pueblo” es solo un disfraz para una nueva élite que disfruta de la sumisión de sus subalternos.
Este episodio de frivolidad no es aislado. En el Senado de la República, el escándalo del salón de belleza exclusivo para legisladoras morenistas sigue ardiendo. Defendido con un cinismo asombroso por figuras como Laura Itzel Castillo y Yeidckol Polevnsky, este espacio es presentado como una “herramienta de desempeño legislativo”, bajo la premisa de que estar bien peinadas ayuda a dictar mejores leyes. Mientras el país clama por una austeridad real, el Senado se convierte en un spa de lujo donde la prioridad no es el debate, sino el retoque del tinte y el maquillaje, demostrando que la “Cuarta Transformación” se preocupa más por el espejo que por el presupuesto de los ciudadanos.
Para cerrar el círculo del desorden institucional, en Yucatán el gobernador Joaquín “Huacho” Díaz Mena llevó la simulación a otro nivel con un “informe sin informe”. Durante su primer ejercicio de rendición de cuentas, el mandatario se limitó a un discurso cargado de eslóganes publicitarios sobre el “Renacimiento Maya”, pero sin entregar los anexos técnicos ni los datos duros que respalden sus afirmaciones. En el Yucatán de Morena, la transparencia es opcional: se presumen logros en salud y seguridad, pero se ocultan las cifras reales detrás de una costosa maquinaria publicitaria que intenta tapar la parálisis administrativa con puras frases hechas.
Estamos ante una clase política que ha confundido el servicio público con una pasarela de vanidades y opacidad. Ya sea en la Corte, en el Senado o en los gobiernos estatales, el patrón es el mismo: lujos privados, exigencias de servilismo y cuentas que nunca cuadran porque el informe técnico simplemente no existe. La “austeridad republicana” resultó ser una máscara para ocultar a funcionarios que se sienten tan superiores que necesitan que les limpien los zapatos y que les paguen el peinado antes de salir a mentirle al pueblo en informes vacíos de contenido pero llenos de soberbia.
