Mientras el priismo de base lucha por mantener su identidad en Puebla, la diputada Blanca Alcalá Ruiz parece haber decidido que su lealtad tiene un nuevo color; tras décadas de recibirlo todo de su partido, la legisladora ha optado por una agenda de supervivencia individual que la coloca más cerca de los intereses del PAN que de los de sus propios correligionarios, convirtiendo su trayectoria en una moneda de cambio para asegurar su permanencia en el poder.

La política poblana observa con asombro cómo una de sus figuras más beneficiadas por el sistema de partidos ha decidido dar la espalda a la institución que la encumbró. Blanca Alcalá, quien ha ostentado desde la alcaldía capitalina hasta escaños en el Senado y cargos diplomáticos gracias al respaldo incondicional del PRI, hoy opera bajo una lógica de beneficio personal que debilita la posición de su bancada. Su creciente cercanía con la dirigencia de Acción Nacional no es vista como una alianza estratégica del partido, sino como una maniobra privada de Alcalá para garantizarse un lugar en el búnker azul, dejando a su suerte a la militancia que la llevó a su actual curul federal.

La crítica hacia Alcalá no surge de una debilidad de las siglas que representa, sino de su propia falta de compromiso para defenderlas. En lugar de utilizar su peso político para fortalecer la voz del PRI en la coalición, la diputada ha sido señalada por negociar “por debajo de la mesa” posiciones que solo favorecen a su círculo íntimo, aceptando condiciones del PAN que relegan a otros cuadros priistas con mayor arraigo territorial. Esta actitud de “sálvese quien pueda” ha generado una fractura interna, donde se le acusa de ser la gestora de una capitulación innecesaria que solo sirve para blindar su futuro personal.