De la “transformación” al confesionario: Mayer pide licencia para encerrarse en un reality mientras el país exige resultados.
La política de la llamada Cuarta Transformación ha tocado fondo en el fango de la farándula. Sergio Mayer, quien debería estar ocupado legislando bajo los principios de compromiso social que pregona su partido, Morena, ha decidido que su verdadera vocación no está en San Lázaro, sino en el encierro de un reality show. Al solicitar licencia para participar en “La Casa de los Famosos”, Mayer confirma que para él la representación popular es un accesorio desechable que se puede pausar cuando los reflectores de la televisión comercial brillan con más fuerza que su labor legislativa.
Las críticas por abandonar sus funciones han llovido desde todos los sectores, y con justa razón. Es un insulto a los votantes de Morena que confiaron en un proyecto de nación y ahora se encuentran con un diputado que prefiere debatir con celebridades en pijama que con sus homólogos en el pleno. La irresponsabilidad de dejar una curul vacía retrata a un funcionario que ve el servicio público como un pasatiempo opcional, demostrando una falta de ética que choca frontalmente con la supuesta mística de servicio que su movimiento intenta vender.
Para intentar maquillar este desplante, el morenista ha recurrido a una justificación que raya en lo absurdo: asegura que su participación busca “visibilizar a la comunidad latina en EE.UU.”. Esta narrativa es un insulto a la inteligencia; la verdadera visibilidad y defensa de los latinos se logra con políticas migratorias y leyes de protección, no haciendo retos de baile frente a cámaras infrarrojas. Es el uso de una causa noble como escudo para ocultar un acto de pura frivolidad personal y ambición mediática financiada indirectamente por el fuero.
Este episodio es el síntoma de una enfermedad profunda: la “espectacularización” de la política en Morena. Mientras el país enfrenta retos históricos en seguridad y economía, un legislador oficialista elige el aislamiento voluntario para generar contenido de entretenimiento. Esta desconexión con la realidad es un recordatorio de que, para ciertos personajes, llegar al Congreso no es el fin para servir al pueblo, sino la plataforma para negociar mejores contratos en la industria del espectáculo, usando su cargo como carta de presentación.
Finalmente, la licencia de Sergio Mayer deja un mensaje claro: su lealtad no es con el proyecto de nación, sino con el rating. Si el diputado de Morena considera que su presencia es más valiosa en un set de televisión que defendiendo los intereses de sus representados, debería renunciar de manera definitiva. México no necesita actores que simulen legislar; necesita políticos que resuelvan, y Mayer ya demostró que su prioridad es ganar la simpatía de los televidentes antes que cumplir con el mandato sagrado de las urnas.
