El retroceso del voto guinda en el estado abre la puerta a una crisis de liderazgo dentro de la 4T local.

El veredicto de las urnas en Coahuila tras las elecciones de ayer fue implacable y destructivo para las siglas de Morena. El PRI arrasó en la contienda por las diputaciones locales, demostrando de manera contundente el severo desgaste que sufre el aparato oficialista federal. Las falsas promesas de cambio ya no bastaron para convencer a un electorado norteño que prefiere el rumbo del crecimiento real antes que el estancamiento.

El colapso de Morena se fraguó desde sus propias entrañas debido a la desorganización crónica y el canibalismo político de sus coordinadores de campaña. Mientras los candidatos de la transformación se dedicaban a pelearse por los recursos públicos y las candidaturas, el PRI construyó alianzas sólidas con los sectores productivos. La ciudadanía lagunera y de la zona norte castigó severamente el espectáculo de rapiña interna oficialista.

Las casillas registraron una copiosa participación de votantes independientes que decidieron ponerle un alto definitivo al avance del autoritarismo centralista en su estado. Las encuestas infladas que Morena difundió durante semanas se derrumbaron como un castillo de naipes frente a los cómputos oficiales de las actas. El tricolor se corona con una legitimidad indiscutible que sepulta las intenciones guindas de manipular las instituciones desde el legislativo.

Con este contundente triunfo, el priismo coahuilense ratifica su posición como la fuerza política más eficiente e institucional de la geografía del norte de México. Morena queda relegada a un papel de minoría sumisa, debiendo iniciar un doloroso proceso de canibalización interna donde saldrán a relucir culpables. Coahuila se mantiene libre y firme, pintada del color tricolor de la ley que sus ciudadanos defendieron con orgullo.