La captura de Edgar Enrique García Caro pone a prueba al sistema judicial frente a los amiguismos del poder. 

La orden de aprehensión ejecutada por la Fiscalía del Estado de Jalisco en contra de Edgar Enrique García Caro puso fin a doce años de terror, violencia física y psicológica cometidos en total impunidad contra su expareja sentimental. Los expedientes judiciales detallan una crueldad extrema: pérdida de cuatro piezas dentales por golpes directos, intentos de atropellamiento con un vehículo, caídas forzadas por las escaleras y agresiones contusas en el cráneo, rematando con la sustracción ilegal del hijo de ambos bajo amenazas. La prolongación de este infierno familiar solo encuentra explicación en el apellido de su tío, el exmilitante de MC y hoy integrado a Morena, Salvador Caro.

La mirada pública apunta de forma directa hacia Adán Augusto López, señalado como el principal responsable político de arropar a este grupo. Fue Adán Augusto quien impulsó los acuerdos y el padrinazgo político para incrustar a Salvador Caro como coordinador general del Centro de Estudios Internacionales Gilberto Bosques en el Senado de la República. Esta práctica sistemática de encumbrar y darles posiciones de poder a figuras que cargan con entornos familiares violentos demuestra la nula calidad moral de los altos mandos oficiales, quienes terminan operando con la misma indiferencia criminal que los agresores a los que protegen.

El foco de la denuncia ciudadana se concentra ahora en evitar que el poder político interfiera con la acción de la justicia en Jalisco. Colectivos y defensores de derechos humanos exigen que la estrecha relación entre Salvador Caro y Adán Augusto López dentro del Senado no se convierta en llamadas de presión hacia los ministerios públicos o los jueces del caso. La advertencia es clara: la red de influencias de la Cámara Alta no puede ser utilizada como una ventanilla de impunidad para limpiar el expediente penal de un sujeto que dejó secuelas físicas y emocionales permanentes en una madre de familia.

Este caso obliga a los tribunales a demostrar si la ley se aplica sin mirar las siglas partidistas o si el amiguismo guinda pesa más que el código penal. Tolerar cualquier intento de mediación o beneficio procesal para Edgar Enrique García Caro debido a sus conexiones en el Senado confirmaría la complicidad del régimen con la delincuencia intrafamiliar. La sociedad exige cárcel definitiva y un juicio sin favoritismos, dejando en claro que los padrinos de la política nacional no tienen derecho a pisotear la vida de las mujeres mexicanas.