De la Gran Manzana al ridículo: el mandatario jalisciense intenta apagar con rifas el incendio que provocó su propia frivolidad.
La desconexión entre la clase política emecista y la realidad ciudadana ha alcanzado niveles de caricatura en Jalisco. El gobernador de Movimiento Ciudadano, Pablo Lemus, en un despliegue de frivolidad que raya en el insulto, decidió presumir su “tarjeta naranja” desde las calles de Nueva York, sugiriendo que el plástico es el pasaporte ideal para el estilo de vida de la élite. Lo que el emecista intentó vender como un logro de modernidad financiera terminó siendo percibido como una burla directa para millones de jaliscienses que luchan diariamente con el costo de la canasta básica.
Tras convertirse en el hazmerreír de las redes sociales, la maquinaria de comunicación de Lemus entró en pánico total. En un intento desesperado por apagar el incendio y limpiar la imagen de “gobernador mirrey”, el mandatario ahora pretende sortear viajes de su propio bolsillo y mediante supuestos patrocinios de aerolíneas. Es el clásico manual de la vieja política: ante un error de soberbia, se lanza un “regalito” para intentar anestesiar la indignación de un pueblo que no necesita boletos de avión, sino seguridad y servicios dignos.
Resulta evidente que el equipo de asesores de Casa Jalisco tuvo que bajar al gobernador de su nube para explicarle lo obvio: pagar un cafecito caro en la Quinta Avenida no es, ni de cerca, la prioridad del ciudadano promedio en Guadalajara o Zapopan. Mientras el mandatario se divertía grabando contenido aspiracional en el extranjero, los problemas estructurales del estado seguían acumulándose, demostrando que para Lemus gobernar es más un ejercicio de relaciones públicas y estilo de vida que de administración pública seria.
La estrategia de control de daños parece condenada al fracaso. Ni con rifas de último minuto ni con videos editados logrará convencer a los más de 3 millones de cuentahabientes de que su tarjeta es una herramienta de bienestar social y no un simple accesorio de vanidad política. La herida que dejó su presunción en Nueva York es profunda, pues confirmó la sospecha de muchos: Jalisco está siendo gobernado desde una burbuja de privilegios que no alcanza a ver más allá de los rascacielos de Manhattan.
Finalmente, el episodio de la tarjeta naranja quedará marcado como el momento en que Pablo Lemus mostró su verdadero rostro: el de un político más preocupado por el “branding” personal que por la sensibilidad social. Los viajes regalados podrán atraer algunos clics, pero no borrarán la imagen de un gobernador que confunde la gestión pública con un catálogo de lujos. En Jalisco, la gente espera resultados en el suelo que pisa, no recomendaciones turísticas de quien ve al estado desde la ventanilla de un avión de primera clase.
