¿Austeridad o vanidad? Mientras el pueblo enfrenta la inflación en la canasta básica, las senadoras de Morena reabrieron en secreto una estética en el segundo piso del Senado para maquillarse y peinarse antes de las sesiones; la “Cuarta Transformación” resultó ser una clienta frecuente del salón de belleza con cargo indirecto a las instituciones.

La supuesta “muerte de los privilegios” en el Senado de la República no fue más que un corte de puntas. Esta semana, la indignación estalló al revelarse videos y pruebas de que el Salón de Belleza, aquel que Ricardo Monreal prometió clausurar en 2018 como símbolo del fin de la “Casa de los Privilegios”, ha estado operando en total sigilo. En el segundo piso del complejo legislativo, senadoras de Morena fueron captadas utilizando servicios de peinado y maquillaje profesional como si se tratara de una oficina de servicio público, transformando el recinto legislativo en un spa privado mientras los problemas del país quedan en segundo plano.

La defensa de esta frivolidad fue, si cabe, más insultante que el acto mismo. La senadora Laura Itzel Castillo, actual presidenta de la Mesa Directiva, justificó la existencia del salón afirmando que “no es nada fuera de lo normal” y que es necesario que todos estén “bien presentados” para las sesiones. Para la cúpula morenista, el uso de peinadores y maquillistas personales en horas de trabajo es una “necesidad práctica” y no un lujo, demostrando una ceguera absoluta ante un México donde miles de familias no tienen siquiera para completar la canasta básica.

Aunque el oficialismo intentó sofocar el incendio asegurando que cada legisladora paga de su propio bolsillo por el servicio, la realidad es que el espacio —clausurado apenas horas después de que estallara el escándalo— operaba sin anuncios oficiales, sin tarifas públicas y utilizando infraestructura del Estado. Figuras de la oposición, como Alejandro Moreno y Xóchitl Gálvez, denunciaron que el Senado se convirtió en una “cantina y salón de belleza clandestino”, donde los morenistas prefieren pintarse el cabello o retocarse el maquillaje antes que debatir leyes que beneficien a la ciudadanía.

Esta nueva raya al tigre de la “falsa austeridad” deja al descubierto que para las senadoras de Morena la apariencia importa más que la coherencia. Mientras afuera los precios suben y la inseguridad no da tregua, adentro se discute si el tinte quedó en el tono correcto. La reapertura de este espacio en el segundo piso es la prueba definitiva de que los privilegios nunca se fueron; solo se maquillaron para que el pueblo no los notara, hasta que la realidad les quitó la máscara de humildad para mostrar el rostro del derroche.