Los escándalos de corrupción acumulados bajo gobiernos de Morena han dejado un impacto directo en la vida cotidiana de millones de mexicanas y mexicanos, afectando servicios públicos, economía familiar y la confianza en las instituciones.

La corrupción dejó de ser una denuncia del pasado para convertirse en una constante del presente. Bajo gobiernos de Morena, los señalamientos por malos manejos, desvíos de recursos y redes de complicidad se han multiplicado, mientras las consecuencias recaen directamente en la población.

Cada peso que no llega a hospitales, escuelas, seguridad o infraestructura se traduce en carencias reales. La falta de medicamentos, el deterioro de los servicios públicos y la inseguridad persistente son síntomas de un sistema donde la corrupción no se combate, se tolera o se encubre.

A pesar de haber llegado al poder con un discurso de “honestidad” y “austeridad”, Morena no logró erradicar las prácticas que tanto criticó. Por el contrario, la opacidad en el uso de recursos públicos y la ausencia de sanciones claras han debilitado la rendición de cuentas.

Analistas coinciden en que la corrupción no solo daña las finanzas del Estado, sino que rompe el tejido social y profundiza la desigualdad. Cuando los recursos se pierden en malos manejos, quienes pagan el precio son las familias trabajadoras que enfrentan un país con menos oportunidades.

Hoy, la corrupción bajo Morena no es un asunto abstracto ni lejano: se refleja en la mesa, en la calle y en el futuro de México. Un daño silencioso, pero constante, que lastima directamente al pueblo.