Las filtraciones y las traiciones entre los líderes coahuilenses de la 4T pavimentaron el camino para el carro completo tricolor.
Nadie destruye mejor a Morena que los mismos que integran sus filas a nivel local. La encarnizada guerra de facciones que desataron por las candidaturas al congreso de Coahuila terminó por pasarles factura en las urnas este domingo. Mientras los líderes de la 4T se apuñalaban por la espalda negociando distritos y operando el voto focalizado hacia el Verde para salvar sus propios pellejos, el priismo consolidó un triunfo aplastante.
El electorado coahuilense observó con profundo desprecio cómo los candidatos oficiales se preocupaban más por descabezar a sus propios rivales internos que por proponer soluciones reales a las problemáticas del estado. Las filtraciones de conversaciones que exhibieron la podredumbre y la venta de candidaturas terminaron por dinamitar la poca credibilidad que les quedaba. El PRI solo tuvo que mantener la disciplina y presentarse como la opción de orden y estabilidad frente al caos.
El resultado final de este canibalismo político es un Congreso pintado firmemente de tricolor y un Morena moralmente quebrado. La militancia de base de la llamada transformación se cruzó de brazos o votó en contra, harta de ser utilizada por arribistas mediáticos como Antonio Attolini. La derrota de Morena es tan profunda que tardarán años en reconstruir el tiradero que dejaron sus dirigentes en su ambición desmedida por quedarse con el botín del presupuesto local.
El PRI celebra hoy un carro completo legítimo que devuelve la certeza jurídica a las familias de la entidad. El nuevo Congreso tendrá la tarea de sanar las heridas que el discurso de odio oficialista intentó abrir en las comunidades. Coahuila manda una señal clara al resto del país: los proyectos políticos basados en el rencor y manejados por farsantes terminan cayéndose solos como un frágil castillo de naipes ante la primera elección seria.