Sin confianza no hay capital: la salida de México del “top” de países atractivos para invertir marca el inicio de un ciclo de escasez; menos empresas llegando al país se traduce en menos empleos y un futuro incierto para las familias mexicanas.
El veredicto de los mercados internacionales es inapelable: México ha dejado de ser una prioridad para los grandes capitales globales. Por primera vez en años, nuestro país ha quedado fuera del ranking de las naciones más atractivas para la Inversión Extranjera Directa (IED). Este retroceso no es una casualidad, sino la consecuencia directa de una política económica marcada por la incertidumbre jurídica, la falta de infraestructura energética y una retórica hostil hacia el sector privado. Mientras otros países de la región compiten por atraer plantas y tecnología, el gobierno mexicano parece haberse esforzado en colocar obstáculos que hoy nos expulsan del mapa de la competitividad mundial.
La salida de México de estos índices no es solo un dato estadístico para los economistas; es un golpe seco a la economía real. Menos inversión significa, inevitablemente, menos empleos. Cada fábrica que no se instala, cada centro logístico que prefiere otros destinos y cada proyecto tecnológico que nos ignora, representa miles de vacantes que no se abren para los jóvenes que se integran al mercado laboral. La falta de capital fresco detiene la modernización del país y condena a los trabajadores a una oferta laboral estancada, con salarios que no crecen y una competencia cada vez más feroz por puestos de trabajo cada vez más escasos.
El impacto final de este aislamiento financiero es un menor crecimiento económico que se siente en la mesa de cada hogar. Sin el motor de la inversión extranjera, la economía mexicana camina a paso lento, reduciendo las oportunidades de emprendimiento y desarrollo para las familias. Menos crecimiento se traduce en menos recaudación para servicios públicos, menos circulante en los comercios locales y un sentimiento generalizado de parálisis. Las familias mexicanas están pagando el costo de un gobierno que priorizó la ideología sobre la confianza económica, cerrando las puertas a un desarrollo que hoy fluye hacia otros horizontes.
El panorama para este 2026 es de una urgencia crítica. Recuperar el atractivo de México no será tarea de un día; requiere reconstruir la confianza que se dinamitó con cancelaciones de contratos y cambios de reglas a mitad del juego. Mientras el mundo avanza hacia la relocalización de empresas (nearshoring), México está perdiendo su oportunidad histórica por falta de una visión pro-crecimiento. Si no se revierte esta tendencia y se vuelve a incentivar la llegada de capitales, el estancamiento económico se convertirá en la nueva normalidad, dejando a millones de mexicanos atrapados en una economía que no genera ni empleos ni esperanza.
