Las fracturas se profundizan y el control político comienza a resquebrajarse.

Las fracturas internas de Morena dejaron de ser un rumor para convertirse en un problema abierto. En distintos estados del país, las divisiones son cada vez más visibles y se repiten sin que exista un liderazgo capaz de contenerlas o resolverlas.

Aliados clave como el PT y el PVEM presionan y condicionan su apoyo, evidenciando que el bloque gobernante ya no funciona como un frente sólido. Las negociaciones internas se vuelven más tensas y el control político se diluye.

La reforma electoral es uno de los ejemplos más claros de esta crisis. El proyecto sigue atorado, sin consensos ni liderazgo claro, lo que refleja una incapacidad para articular acuerdos incluso dentro del propio bloque oficialista.

La parálisis legislativa y las disputas internas desgastan al partido en el poder y alimentan la percepción de desorden. Morena, que se presentaba como un movimiento cohesionado, hoy exhibe fisuras profundas.

La crisis interna ya no se puede ocultar. Morena enfrenta un desgaste acelerado que amenaza con profundizarse conforme avanzan los conflictos internos.