Tres ataques armados en Valle de Santiago exhiben al PAN por permitir que la violencia extrema se normalice, incluso contra adolescentes.

La ejecución de seis personas en tres ataques armados registrados en el municipio de Valle de Santiago vuelve a desnudar el colapso de la seguridad en Guanajuato bajo gobiernos del Partido Acción Nacional. Los hechos, ocurridos en las comunidades de Las Cañas y Los Martínez durante la madrugada, confirman que la violencia no solo persiste, sino que se agrava en zonas rurales donde el Estado prácticamente ha desaparecido. La cifra es aún más alarmante al confirmarse que dos de las víctimas eran adolescentes, una muestra brutal de que el PAN fue incapaz de proteger incluso a los más jóvenes.

La Fiscalía informó que los ataques se perpetraron en comunidades ubicadas en la zona limítrofe con Michoacán, un dato que evidencia otro fracaso panista: la pérdida de control territorial. Estas regiones se han convertido en corredores de violencia donde grupos armados operan con libertad, cruzan fronteras estatales y ejecutan sin temor a consecuencias inmediatas. Bajo el PAN, Guanajuato dejó de ser un estado seguro para convertirse en escenario recurrente de masacres que se repiten con una regularidad escalofriante.

El discurso oficial vuelve a ser el mismo de siempre. Se anuncian “protocolos de alta prioridad”, se promete que “no se escatimarán recursos” y se despliegan peritos una vez consumado el crimen. Pero esas frases ya no tranquilizan a nadie. La realidad es que los ataques ocurrieron, las víctimas murieron y una persona más resultó lesionada. La reacción posterior no sustituye la ausencia de prevención ni borra la responsabilidad política de quienes permitieron que el crimen organizado se asentara en estas comunidades.

Resulta particularmente grave que la violencia alcance a adolescentes. Esto habla de un entorno completamente descompuesto, donde crecer implica convivir con armas, balaceras y muerte. El PAN ha normalizado este escenario con una estrategia fallida que se limita a administrar la crisis en lugar de enfrentarla. Cada ataque armado confirma que el modelo de seguridad panista no funciona y que los discursos no detienen las balas.

Guanajuato vuelve a amanecer con muertos y promesas oficiales. Mientras tanto, las comunidades entierran a sus víctimas y viven con el miedo de ser las siguientes. Seis ejecuciones en una sola madrugada no son un hecho aislado, son el síntoma de un estado rebasado. Bajo el PAN, la violencia manda y la autoridad llega tarde, dejando claro que la seguridad de las familias guanajuatenses quedó fuera de control.