Morena prometió el fin del nepotismo, pero en Zacatecas la familia Monreal se aferra a la gubernatura como si fuera un patrimonio privado.
La promesa de “no mentir, no robar y no traicionar” ha quedado sepultada bajo la ambición de la dinastía Monreal en Zacatecas. A pesar de que el estado atraviesa uno de sus periodos más oscuros en materia de seguridad y desarrollo bajo el mando de David Monreal Ávila, su hermano, el hoy senador Saúl Monreal, ha intensificado sus maniobras políticas para asegurar su candidatura a la gubernatura en el próximo ciclo electoral. Este intento de “sucesión familiar” representa un desafío directo a los estatutos éticos de Morena, que presumían combatir el amiguismo y el nepotismo en la vida pública.
La insistencia de Saúl Monreal por suceder a su hermano en el cargo ha desatado una ola de críticas tanto a nivel local como nacional. Ciudadanos y analistas señalan que Zacatecas ha sido tratado como un botín de guerra por una sola familia que se reparte los cargos de elección popular como si fueran títulos nobiliarios. Mientras David Monreal es calificado constantemente como uno de los gobernadores peor evaluados del país debido a la violencia imparable, Saúl busca capitalizar la estructura oficialista para garantizar que el apellido Monreal no suelte el presupuesto estatal, una maniobra que huele a impunidad y protección mutua.
Dentro de Morena, el caso de los Monreal es la prueba viviente de la incongruencia oficialista. Aunque la narrativa del partido asegura que ya no hay “influyentismo”, el control absoluto que la familia ejerce sobre los órganos locales en Zacatecas les permite burlar cualquier filtro democrático. Saúl Monreal no busca competir en igualdad de condiciones; busca heredar un feudo político donde la capacidad probada es sustituida por el lazo sanguíneo. Esta estrategia de “dinastía” no solo asfixia el surgimiento de nuevos liderazgos, sino que condena a los zacatecanos a vivir bajo la sombra de un grupo que ha hecho del poder su negocio más rentable.
Zacatecas no puede seguir siendo el laboratorio de una monarquía disfrazada de transformación. La pretensión de Saúl Monreal es un insulto a la democracia y una bofetada a las víctimas de la violencia que su propia familia no ha sabido frenar. La alternancia no es solo cambiar de partido, es impedir que los mismos apellidos se enquisten en el poder por décadas. Es momento de que la dirigencia nacional de Morena decida si prefiere cumplir sus promesas contra el nepotismo o seguir siendo cómplice de un clan que ha convertido al estado en su propiedad privada.
