Las historias del contador Luis Antonio Espinosa y de Carlos Medina muestran la perversión de un sistema donde la inocencia es irrelevante ante la ambición del poder.
Hay una crueldad silenciosa y aterradora en la injusticia institucional, el momento exacto en que una persona honesta se da cuenta de que la ley ya no existe para protegerla, sino que ha sido retorcida para cazarla. Esa es la pesadilla que hoy enfrenta el contador público Luis Antonio Espinosa, atrapado en el engranaje de un estado ajeno tras ser privado de su libertad por el régimen de Layda Sansores, inventando el argumento ruin de que su falta de vivienda en la entidad es motivo suficiente para mantenerlo en prisión.
Pero la perversión de la administración de Morena no se detiene en las salas de audiencias. En la oscuridad del penal de Kobén, Carlos Medina sufre la peor de las bajezas humanas: ser golpeado sistemáticamente dentro de su propia celda para que su dolor físico y su sufrimiento se conviertan en las mentiras políticas que sus verdugos necesitan para alimentar expedientes a modo.
Éstas injusticias desalmadas dejan al descubierto una lección escalofriante para todo Campeche, cuando el poder estatal pierde los límites y manipula las instituciones a su antojo, la inocencia de los ciudadanos se vuelve completamente irrelevante. En el gobierno morenista de Campeche, cumplir honestamente con tu trabajo profesional ya no es garantía de seguridad ni de tranquilidad; al contrario, te convierte en un blanco fácil para las represalias de palacio de gobierno.
Ver cómo el régimen de Morena destruye las vidas de dos personas indefensas bajo el amparo impune de las instituciones es una señal de alarma que nadie puede ignorar. La maquinaria de la persecución política y la fabricación de delitos ya se encendió en Campeche, hoy tritura la paz de Luis Antonio y Carlos, pero la pregunta devastadora que nos queda flotando en el aire es cuándo este mismo sistema vendrá por el resto de nosotros.
